Con diabetes, los pies pueden perder sensibilidad y circulación. Por eso una herida pequeña, una ampolla o una uña que se clava pueden pasar desapercibidas y complicarse. La buena noticia: cinco minutos al día marcan la diferencia.
1. Míralos cada día
Planta, talón, entre los dedos y alrededor de las uñas. Si no llegas a verlos bien, usa un espejo o pide ayuda. Busca heridas, ampollas, rojeces, grietas o cambios de color.
2. Lávalos y sécalos bien
Con agua templada, no caliente: comprueba la temperatura con el codo o con un termómetro, porque el pie puede no notar que quema. Nada de baños largos. Seca bien, sobre todo entre los dedos.
3. Hidrata la piel
Crema en la planta y el talón para evitar grietas. Entre los dedos, no: la humedad favorece las heridas y los hongos.
4. Uñas y durezas, con cuidado
Lima las uñas en recto, sin apurar las esquinas. Las durezas y los callos, siempre en la consulta: nunca con cuchillas, tijeras ni callicidas.
5. Calcetín y calzado
Calcetines sin costuras que aprieten, cambiados a diario. Calzado amplio, cerrado y sin costuras por dentro; revísalo con la mano antes de ponértelo por si hay algo dentro. No camines descalzo, ni en casa ni en la playa.
Revisión con un profesional
La guía «Abordaje del pie diabético» de la Estrategia de Diabetes del Sistema Nacional de Salud (Ministerio de Sanidad, 2022) recomienda valorar el riesgo del pie al menos una vez al año, y más a menudo cuanto mayor es el riesgo. Tu médico y tu enfermera de atención primaria hacen ese seguimiento; en la clínica lo complementamos con el cuidado de uñas y durezas y, si hace falta, con plantillas o descargas.
Lo que no puede esperar
Una herida que no mejora en pocos días, que supura o huele mal, un cambio de color brusco, el pie muy caliente o hinchado, o fiebre. En ese caso, acude a tu centro de salud o a urgencias.


